La adolescente que llevaba la bandera marchaba con la mirada fija en el horizonte, la seguían 3 adolescentes menos concentradas que giraban la cabeza a todos lados, luego detrás de ellos dos batallones conformados por los docentes, seguidos por el batallón conformado por los alumnos y finalmente la banda de músicos.
Venían del desfile cívico escolar y se dirigían al colegio, tratando de mostrar civismo en cada paso, esta marcha de civismo que sea bueno decirlo había tomado muchas horas de práctica, con la sola idea de que el día de la marcha sean nombrados como el mejor colegio.
Entre los alumnos se podía ver que ya todos apresuraban la marcha con tal de llegar lo más pronto posible al colegio y poder al fin dirigirse a sus casas y poder iniciar sus vacaciones de medio año, entre esos adolescentes estaba Lucrecia una quinceañera que habría pasado desapercibida en un colegio de ciegos o de mudos (dicho por ella misma) pero como no pudo ser admitida tuvo que recalar en un colegio en donde inevitablemente llamaba la atención por ser como era. Y no es que Lucrecia fuese una adolescente poco atractiva, más por el contrario tenía una belleza muy especial, era que mientras sus amigas hablaban de las estrellas de Hollywood ella prefería hablar de las estrellas que habitan el universo, mientras los jóvenes hablaban de fiestas ella hablaba de aquelarres, ellos hablaban de la chica más bonita del colegio y ella criticaba al colegio, como se puede ver había siempre un desfase entre lo que habitualmente se hablaba y de lo que ella hablaba, pero eso no fue impedimento para que Lucrecia socializara, pudo congeniar con casi todos, siempre fue respetada por lo que no tuvo contratiempos ni peleas, solo que como ella misma reconocería con los años, nadie se hubiera atrevido a apoyarla por pensar diferente, como dice ella -los jóvenes por naturaleza solo son capaces de ver con los ojos y sentir con la piel-, pero tampoco esto fue impedimento para que ella pudiera conocer el amor o lo más cercano al amor en plena adolescencia, dado que tuvo un par de experiencias, pero como ella sostiene todas esas experiencias se tradujeron en enseñanzas mediocres pero útiles.
A todas estas experiencias Lucrecia llama “dosis de vida para ser adicto a la vesania”
Lucrecia marchaba cual soldado no porque le agradase hacerlo, todo lo contrario, odiaba marchar, días antes se había puesto a patear la pared de su casa o cualquier objeto duro que encontrase con tal de lesionarse y no poder marchar, prefería tener una bota de yeso por quince días a estar marchando por tres horas, pero como no había logrado lesionarse solo tuvo la ocurrencia de disfrutar cada segundo de aquel desagradable día, una forma de estar en contacto con aquella parte que iba conociendo de sí misma y sintiendo hasta que punto podría controlarla.
El batallón se detuvo en una esquina y Lucrecia seguía marchando en su propio sitio odiándose a sí misma, odiando la marcha, odiando a los carros que no le permitían llegar al colegio, odiando al colegio, odiando al día patrio, odiando a sus compañeros, todo lo que estuviese a su alcance en ese momento lo odiaría, miró a su alrededor con ira, sus compañeros reían, levantó la mirada y vio un balcón a continuación una puerta de rejas y detrás de ella había un hombre que lavaba su ropa, Lucrecia lo quedó mirando detenidamente, algo en el interior de ella se activó, al ver a aquel sujeto mientras lavaba sintió una extraña fuerza que la empujaba a no dejar de verlo, estaba ahí de perfil lavando su ropa, no supo que era lo que realmente le estaba pasando, segundo antes odiaba todo y ahora en ese momento sentía que había hecho bien en ir a marchar, estaba confundida, como era posible que eso ocurriese en escasos segundos, dejó de marchar porque frente aquel desconocido que por casualidad del destino se quedó observando a los escolares por un instante y al sentirse observada por él se sentía como una tonta, ahora ya no odiaba ese momento, sino que ahora sentía vergüenza por estar marchando, algo en ella estaba ocurriendo y no sabía de que se trataba, era algo diferente, algo nuevo, no hallaba forma de explicarse que era lo que realmente le estaba pasando, el batallón inició la marcha y Lucrecia solo caminaba, mientras se alejaba pensaba en lo que le había pasado, se puso a buscar una respuesta en su mente y recordó que su madre y las amigas de su madre le habían hablado de la “intuición femenina” ella ignoraba lo que era eso, solo las escuchaba y ella siempre tenía la impresión de carecer de dicha intuición, pero en ese momento estaba segura que era su “intuición femenina” que se había activado, por alguna razón que ella desconocía aquel sujeto había generado que ella desarrollase en segundos su intuición o que al fin se conocieran, como fuese esa es la respuesta, en eso pensaba, entonces supo que tenía que conocerlo, era necesario para ella conocerlo porque le quedaba claro que él le daría muchas respuestas, respuestas a muchas interrogantes que albergaba y a otras que desconocía, si, cada vez se convencía que era así, cuando estuvo segura que su intuición la empujaba a conocerlo, ni bien llegaron a la escuela, salió rauda a buscarlo, dejando atrás a las amigas que la llamaban para que fueran juntas a pasear por la ciudad o ir a la playa.
Caminó sin pensar solo sintiendo que debía conocerlo, saber la razón porque tenía que conocerlo, cuando ya estaba frente a la casa lo vio venir con un periódico en una mano y hablando con el celular con la otra, entonces comenzó a caminar más despacio, en ese momento se convenció que el destino le estaba ayudando para conocerlo y ella no desaprovecharía esa oportunidad, lo vio detenerse y caminó lentamente hacia él, cuando estuvo a escasos pasos de él pudo escucharlo:
-Ya terminé de lavar mi ropa y ya compré el periódico, si gustas te voy a recoger o vienes a verme, no sé, cómo tú gustes amor-
De pronto en su mente se repitió a sí misma –¿Amor?, ¿a quién llamas amor?-
No pudo evitar su cólera y al pasar junto a él lo empujó y aquel sujeto sorprendido volteó y le dijo
–Perdón-
Ella ni lo miró solo empezó a caminar más rápido y mirando al suelo pensaba -¿perdón?, que te perdone tu abuela desgraciado, que yo jamás te perdonaré-

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